Muerte, lujuria, avaricia y vanidad 14 diciembre, 2016 – Subido en: Sin categoría

606 años tiene ya el famoso reloj astronómico de Praga, la mágica ciudad cuyo destino estelar fue profetizado mucho tiempo antes de su fundación.

Sin presupuesto para reparaciones ni relojeros capaces de ponerlo en marcha, en dos ocasiones críticas se pensó en desmontarlo y venderlo como chatarra. La primera vez, Jan Landesberg, relojero, se propuso impedirlo, pero sólo logró hacerlo funcionar parcialmente. La segunda vez, en 1861 y tras un incendio, una colecta popular logró reunir el dinero necesario para repararlo. El fuego destruyó las figuras de los apóstoles, que fueron terminadas de ser reemplazasas en 1866. En ese mismo año, se sustituyó también el reloj calendario.

Este reloj es clave para el argumento de la novela de Petr Stancík, El molino de momias, que transcurre precisamente en el año 1866, cuando está a punto de estallar la Guerra Austro-Prusiana. Y como si hubiera estado ahí, el autor relata con total precisión y cotidianidad el momento de la inauguración, durante la Nochevieja de 1865:

«Las campanas de la iglesia de Týn empezaron a dar la medianoche y el resto de templos de Praga se sumaron apresuradamente, como cuando un perro hace ladrar a todos los de su especie en el vecindario. En cuanto terminó todo el repiqueteo, salió al escenario situado frente al ayuntamiento el conocido mecánico y músico Romuald Božek, que había recientemente dotado al reloj astronómico de un nuevo y asombrosamente preciso cronómetro, y anunció que, costeado de su propio bolsillo, sólo para este momento solemne, había inventado un instrumento musical con el gracioso nombre de sirenófono, y que de igual manera, sólo para este solemne momento, con él iba a tocar y a cantar una oda compuesta en honor
al maestro Hanuš. […]

En cuanto Božek terminó de tocar, varias pilas de polvo de magnesio se encendieron con una sonora explosión sobre unos soportes extraños, y el hasta entonces sombrío reloj astronómico fue iluminado por una fantasmagórica luz azulada. La maquinaria del reloj se puso a andar y, tras largas décadas de inactividad, movió las ruedas dentadas. Sobre la esfera astronómica se abrieron los dos ventanucos y por ellos pasaron a trompicones los doce apóstoles y Jesús. La Avaricia agitó la bolsa, la Muerte giró el reloj de arena, tiró del hilo y dio la medianoche según la hora checa antigua: las ocho horas. “¡Oh!”, murmuró la muchedumbre admirada cuando a ambos lados de la torre gótica brillaron dos esferas completamente nuevas,
montadas por el relojero Ludvík Hainz, iluminadas ingeniosamente desde atrás por lámparas de gas. Tan sólo el lugar destinado al disco del calendario, que el maestro Mánes no había conseguido terminar aún de pintar, estaba cubierto con una tela verde. Sobre el cielo oscuro del ayuntamiento voló el alborozo de miles de espectadores, seguido de cohetes y tapones de champán. La gente se abrazaba y en sus lágrimas resplandecían las estrellas. Todos tuvieron al mismo tiempo la sensación de que, igual de fácil que el reloj astronómico había vuelto a recobrar la vida, lo haría todo el pueblo checo, siempre perseguido por el infortunio. Alguien en la multitud comenzó a tararear Dónde está mi hogar, y esta mágica canción protojazzística, compuesta en síncopas que dejan sin respiración, comenzó a absorber el jaleo y el parloteo de todos y a transformarlos en ella misma. Por unos momentos vaciló insegura en diferentes tonos y cojeó con el ritmo, pero en cuanto terminó la larga pausa del segundo “hogar”, siguió “el agua susurra” ya limpia y homogénea como la voz de Dios. […]

De entre la multitud, haciendo su agosto, se abrían paso con agilidad los vendedores de los manjares más populares: tanto los vendedores de pretzel, reconocibles desde lejos por los largos palos con los pretzel ensartados que apoyaban al hombro como si fueran banderas olorosas; como los vendedores de salchichas, que llevaban en la mano una estufilla, con una pequeña chimenea humeante en un lado, con la que calentaban un caldero lleno de salchichas vienesas, mientras que al hombro llevaban colgado un morral con panecillos».

Poco tiempo después, se anunciaría el estallido de la guerra al pie de este mismo reloj.