Entrevista a Antonio Gallo, autor de ANDA DESPACIO 13 febrero, 2017 – Subido en: Sin categoría

Antonio Gallo Plazas es un profesor de primaria de origen cordobés afincado en Madrid que escribe como los ángeles. En Anda despacio, nos cuenta la historia de Eugenio y Valeria. Se trata de una novela especial que se mueve entre dos planos, el real y el onírico. Queremos compartir con vosotros una entrevista que le hiciera Patricia Sarabia, editora de Tropo, en Córdoba con motivo de la salida del libro. Es una entrevista muy especial para disfrutar de la magia de Antonio y aprender más sobre esta pequeña joyita de libro que recomendamos encarecidamente. Así que haceos un té o un café y preparaos a disfrutar.

 

Antonio, ésta es tu primera novela, pero tú no eres un escritor novel, ¿verdad?

Que recuerde, no. Ya desde el útero de mi madre escribía. Madrigales, epopeyas, epitalamios, cosas así. Probablemente escribía desde antes, aunque no estoy seguro, la memoria me falla.

Pasa que siempre me he sentido más cómodo con la poesía y con todos sus subgéneros. La novela, como género literario, siempre me ha despertado cierta pereza. Y la pereza, como bien sabes, es una de las siete virtudes capitales que más difícil me resulta gestionar.

 

Ésta es una novela con varios niveles de lectura, que se puede leer como una epopeya, como una historia de amor, como una novela semifantástica con ciertos elementos de terror, como una ficción intelectual y hasta como un tratado filosófico. Pero sin entrar todavía a desgranar este aspecto formal, para que los lectores se sitúen, ¿qué podríamos contar del argumento de la novela?

Anda despacio es todo eso y menos que eso. Como vivir o cocinar, en sus debidas condiciones, unas alcachofas bien aliñadas: todo es verdad, todo es ficción, todo es amor, todo es terror. El argumento de mi novela se reduce a una historia de amor y a una reivindicación. De la realidad, tal vez. O de mis propias supersticiones. Da igual la palabra que utilice para escribir lo inescribible. Una historia de amor que transcurre en el otro lado, ajena al tiempo. Podríamos hablar de la muerte como frontera o como límite. Aunque la palabra muerte ya me parece un error o una falta de educación.

Desde un principio, nunca hubo intención ni argumento alguno. La novela comenzó siendo una frase, un hipotético relato. A partir de cierto momento se me escapó de las manos y se escribió a sí misma. Sólo me limité a copiar casi al dictado lo que iba viendo.

 

La trama está sostenida únicamente por sus dos protagonistas: Eugenio y Valeria. Hay tres personajes secundarios que actúan casi como figurantes: la mujer de Eugenio; Luis, el dueño del bar, y el chino. Y no nos podemos olvidar del narrador, que es un filósofo empedernido. Siendo muy discretos, ¿qué podemos contar de cada uno de ellos?

Sobre ellos puede contarse cualquier cosa: la ambigüedad es un paisaje en el que me siento a gusto. De cualquier forma prefiero no adelantar nada y dejar que cada cual vaya conociéndolos, sin ningún dato previo. Los datos previos son anteojeras y en la novela es necesario no sólo mirar de frente, sino también a los lados.

En tu relación, por cierto, olvidas un personaje: el lector.

 

La novela transcurre en un espacio y en un tiempo indeterminados. Es más, el eje espacio-temporal está roto en esta novela. Hablemos primero del espacio. El primer elemento de terror de Anda despacio es la alteración del espacio físico. La acción tiene lugar en «una pequeña ciudad de provincia». El narrador también nos dice que es una ciudad patrimonio de la humanidad, «ciudad-cónclave, cruce privilegiado entre la sierra y el valle, frontera y paradigma de la Reconquista, crisol de culturas, embudo de la noche». Junto con los protagonistas, el lector participa de un deambular perpetuo por calles y más calles, calles que cambian, que antes no existían y ahora existen. Calles que dibujan espirales, y que desde una perspectiva aérea dan la impresión de que la ciudad, oblonga, ovalada, adopta la forma de cualquier animal marino: mangosta, anchoa, lenguado, sardina, crustáceo, hasta de lágrima, leguminosa o ameba. ¿Es ésta una ciudad imaginaria?

La ciudad no es nada parecido a Macondo o a Utopía. Es la ciudad de mi infancia y adolescencia, que era así, exactamente así, y que ahora ya ha desaparecido. No es una ciudad imaginaria, es la ciudad recuperada gracias a un salto en el vacío, un salto donde la palabra muerte, insisto, sólo es un error gramatical y una falta de educación. Es la sospecha de que la realidad es todo menos lo que pensamos que es. Una ciudad que es uno mismo y que a la vez no lo es. Esa paradoja hecha verdad, hecha evidencia Pero qué más da, todo eso ya lo dijo Heráclito de Éfeso hace ya algunos miles de años. No es nada nuevo.

El eje espacio-temporal no está roto, sólo está podado.

 

Retomando la pregunta anterior, el mar, como sabes, es una representación del inconsciente. La ciudad de Anda despacio es una ciudad que, como decíamos, tiene forma de pez, es pesadillesca, de atmósfera vangoghniana, que hasta tiene árboles luminiscentes, como los de Avatar. En un momento dado, el narrador nos hace recordar a Lewis Carroll cuando nos advierte que estamos en una «ciudad que ya no acaba ni comienza», que estamos en «la ciudad que Alicia nunca se atrevió a visitar al otro lado del espejo». ¿Dónde estamos? ¿Qué función simbólica cumple para ti la ciudad de Eugenio?

Supongo que todo, y no sólo el mar, puede ser una representación del inconsciente. Aunque no sé qué es el inconsciente, no me fío de esa palabra. Quizás arrastro un cierto empacho de literatura psicoanalítica, quién sabe. Tú misma puedes formar parte de mi inconsciente, y las manos de mi hija pequeña, también. Desconfío de la palabra inconsciente, que puede significar cualquier cosa. Es una palabra-comodín que sirve para todo y que suele quedar muy bien. Pero sólo es una palabra. Se ha abusado mucho de ella.

Me gusta mucho, muchísimo la literatura de Lewis Carroll. Claro está que el mundo que había tras su espejo sólo era él mismo. Igual que la Córdoba de Anda despacio forma parte de mí. Porque lo que somos (y no somos nada, es decir, lo somos todo) carece de límites y de forma. Y no por ello esa nada es menos real. La realidad, ay, esa palabra: ¿quién se atreve a definirla? ¿Quién se atreve a ponerle puertas al campo? Todo lo posible es real. Y lo es ya. Ya.

Por otra parte, el mar simboliza para mí, que soy de tierra adentro, lo mismo que simbolizaba para el pueblo hebreo, que también era de tierra adentro: el caos, el riesgo, la belleza y el peligro.

Cirlot lo resume muy bien en su Diccionario de símbolos: “agente transitivo y mediador entre lo no formal (aire, gases) y lo formal (tierra, sólido) y, analógicamente, entre la vida y la muerte. El mar, los océanos se consideran así como la fuente de la vida y el final de la misma. Volver al mar es retornar a la madre, morir”.

 

Hablemos ahora del tiempo. El tiempo en Anda despacio no existe, se encoge y se dilata a voluntad. El narrador dice en un momento que «el tiempo, además de un error gramatical, también es una falta de educación». También afirma que «el tiempo no forma parte de la realidad», y se pregunta si acaso no fue creado como «una excusa para soportar ser lo que somos». ¿Ésa es para ti la «verdad incandescente» del tiempo?, ¿que el tiempo es un sinónimo del miedo, de nuestro miedo a ser?

El tiempo no existe, y semejante aseveración es tediosa sencillamente por su falta de originalidad intelectual. Cuando se ama, el tiempo deja de existir. Creer que el tiempo es algo es (perdona la redundancia) absurdo. Hablar de tiempo cronológico es de una vulgaridad que roza lo abyecto. Como antes era una grosería hablar de dinero, de sexo o de religión.

Vivimos la cultura del tiempo, es decir, del miedo. Al igual que la muerte, sólo es una superstición. Y si no lo es, da igual. De cualquier forma, la palabra tiempo me resulta odiosa, por inútil y contraproducente. Somos ya lo que hemos sido, lo que somos ahora y lo que seremos mañana. Aunque también el verbo ser es sospechoso de infamia. Y de abusos. Igual que la palabra inconsciente.

 

El texto es verdaderamente poético. Hay una cadencia, una sonoridad y un empleo de la palabra muy preciso y muy medido. ¿Te llevó mucho tiempo escribir la novela? ¿Te has autoeditado mucho?

Me llevó veinte días escasos escribir Anda despacio, y la escribí casi de un tirón y casi siempre de noche o de madrugada.

¿Autoeditarme yo? Nunca, no he tenido tiempo, estaba demasiado ocupado perdiendo un tiempo que no existe, queriendo y dejándome querer, cocinando o escribiendo. Y buscando trabajos de los que siempre me echaban por inútil, vago o incompetente. Además nunca o casi nunca se me pasó por la cabeza la idea de que aquello que escribo le pudiera gustar o interesar a nadie. Esa suerte de pudor que siempre he tenido y que no existe ni por asomo en el mundo literario ni cultural actual, donde lo pueril y la más onerosa eximidad son moneda de cambio. No me gusto a mí mismo, como es natural, aunque menos aún me gusta el país en el que vivo. Le preguntaron a Valle Inclán, en cierta ocasión, cuál era el lema por el que regía su vida. Contestó que odiarse a sí mismo y despreciar a los demás. Bueno, pues a un servidor le pasa más o menos lo mismo.

En cuanto a lo que dices de la poesía del texto: no entiendo ni atino a conocer una realidad ajena a su propio sentido lírico o musical. Tanto me da si es un cuerpo humano, unas alcachofas bien cocinadas (como apuntaba al principio) o un texto cualquiera. Si no hay poesía, no hay nada. La realidad se derrumbaría. Si al levantarnos por la mañana para ir a trabajar no hay música (aunque esa música carezca de sonido) la madrugada y la vida se aniquilarían a sí mismas.

Respecto al ritmo con que he pretendido dotar el texto: lo cierto es que no es la simple andadura de los grupos fónicos de la prosa. El ritmo al que me refiero no es, claro está, el del verso sino el que se consigue con la serie o secuencia de distintos periodos imaginativos (a veces repetitivos, porque no hay ritmo sin repetición) y sintácticos.

Muchos de los momentos de la novela se presentan como sucesiones de periodos en los que se superponen aliento atemporal, sintaxis y ritmo. Esos periodos funcionan como unidades intuicionales a lo largo de la novela.

 

Hay mucha filosofía en Anda despacio. De hecho, la novela esta encabezada por una cita de Plotino. ¿Qué relación guarda con la historia?

La filosofía está presente hasta en el aire que respiramos. La filosofía, conviene recordarlo, nace como una rama de la Caligrafía, del esfuerzo de concentración y atención que requerían los primores caligráficos allá en los albores de la escritura, cuando la oralidad primigenia empezaba a decaer.

El pensamiento de Plotino, que rebosa lirismo, es el esfuerzo por crear y abarcar la Totalidad. A años luz de distancia, humildemente, Anda despacio es también un esfuerzo por abarcar la Totalidad.

 

Entre las muchas cosas sobre las que se reflexiona la novela, una de ellas es la función que desempeña el lenguaje en nuestras vidas, el lenguaje como herramienta para dar cuenta de la realidad, pero también como herramienta para crear realidad: «La vida y el lenguaje son parte de la misma línea formada de pasos consecutivos», escribe tu narrador. André Gide dijo que «para el poeta, como para Dios, el verbo crea el mundo». ¿Estás de acuerdo con él? ¿Es eso lo que tú has querido decir?

Pessoa decía que el lenguaje, la gramática, la sintaxis son patrimonio del alma. Es esclarecedor. Larrea hablaba de sucesión de sonidos elocuentes movidos a resplandor. Es esclarecedor. Estoy de acuerdo en que el lenguaje es una herramienta para dar cuenta de la realidad. No lo estoy tanto con que sea una herramienta para crear realidad. Es más, a mí me da miedo, terror (esto sí que aterra a los hombres de mi generación) pretender con el lenguaje cambiar, crear la realidad. Eso lo hicieron todos los fascismos del siglo XX y eso lo está repitiendo la izquierda española desde el año 75 hasta hoy, así como todos los nazionalismos (con z) de la periferia.

Gide exageró un poco diciendo que para el poeta, como para Dios, el verbo crea el mundo. Es un salto demasiado grande para la longitud de las piernas de cualquier poeta. Ni siquiera como hipérbole es afortunada.

Mejor quedarnos con el principio del Prólogo del Evangelio de S. Juan: Al principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios y el Verbo era Dios.

Más tarde, San Ambrosio explicó ese comienzo. Ver, De Incarnationes dominicae sacramento (III, 15-18).

 

Anda despacio está escrita con claroscuros, como en blanco y negro. A la noche eterna le asaltan luces de todo tipo. Y conduces la acción de manera muy cinematográfica. Yo siempre digo que es una novela líquida, porque fluye como el agua que se escurre entre las manos, y el ritmo narrativo se sostiene hasta el final. No decae ni una sola vez. ¿Crees que sería una novela fácilmente adaptable al cine?

Puede ser. Tendría que decirlo un guionista o un director de cine. Si se hiciera una película supongo que sería como una serie de círculos concéntricos, algo así como los surcos de un disco de vinilo donde los más profundos fueran los primeros y los más superficiales los últimos (la misma estructura que la memoria en el cerebro).

No acabo de entender lo que dices de novela líquida “porque fluye como el agua que se escurre entre las manos”. El concepto de lo líquido creado por Bauman es inseparable de la posmodernidad, de las sociedades de capitalismo avanzado, de Internet… y en Anda despacio ni siquiera hay móviles, la gente, afortunadamente, se comunica todavía a través de cabinas telefónicas.

Que una novela fluya como el agua que se escurre entre las manos nada tiene que ver con que sea o no líquida. Hubiera querido escribir una literatura prehomérica. Pero de líquida, nada.

La novela no es líquida, es intransitiva.

 

Vamos con la temática filosófica de la obra. En Anda despacio la línea entre la realidad y la fantasía, la cordura y la locura, se diluye. Cuando lo concreto, que es aquello de lo que la realidad se nutre, se pervierte y lo imposible irrumpe en nuestro mundo, aparece la pesadilla. Tú experimentas con el terror de lo cotidiano, no con monstruos ni con peligros de muerte, sino con lo inesperado, con la desaparición del mundo conocido, con el no retorno. Dices que «el miedo es un puente y también un cuchillo». ¿Qué es para ti el miedo? ¿A qué le tiene miedo Antonio Gallo?

El miedo surge cuando no somos capaces de mirar a la realidad de frente. Y la realidad, no lo olvidemos, es un abismo al que, antes o después, hemos de aprender a mirar de frente. La realidad es más grande que cualquier fantasía (y toda fantasía siempre es escapista). La verdadera pesadilla no es la realidad, no es la ciudad de los protagonistas de mi novela. La pesadilla sólo es la incapacidad de Eugenio para saber o poder contemplar la realidad que tiene delante de sus ojos, y que no es otra que él mismo y que el amor que siente por Valeria. Sucede, sin embargo, que el miedo es necesario para vencer al miedo. Porque detrás del miedo el amor cobra todo su sentido. Aunque ese sentido nos parezca, en ocasiones, absurdo o monstruoso. El miedo es el puente o el cuchillo al rojo que cauteriza nuestra impotencia de vivir. Hay que vivirlo y que vencerlo. Sucede, claro, que el miedo a veces se viste o se reviste de un pasado que necesitamos superar y que no queremos o no somos capaces de superar. Y superar es olvidar para volver a recordar-recuperar lo olvidado más tarde. Pero Eugenio no puede o no se atreve.

En cuanto a mí, Antonio Gallo, alimento miedos o sumideros inexplicables: por ejemplo, recordar el Catecismo Ripalda o volver a soñar con los baberitos blancos de los religiosos de La Salle.

Otros miedos o terrores suelo sobrellevarlos con cierta galanura.

 

Schopenhauer y Unamuno, entre otros filósofos existencialistas se preguntaron cómo se construye la realidad. Eugenio no puede creer estar viviendo lo que está viviendo. Tiene la certeza inexplicable de que todo está fuera de lugar. Pero el narrador nos advierte que «Eugenio cree estar viviendo un sueño. Pero semejante frase, además de vulgar, es errónea. Pues Eugenio sabe perfectamente que no está soñando (…) porque la realidad, tal vez, es un sueño que a sí mismo se sueña». ¿Estás de acuerdo con Eugenio?

Eugenio sabe y no sabe que no está soñando. En cada momento lo sabe y no lo sabe. De ahí la pesadilla y la naturaleza de su miedo. Valeria se exaspera porque él no es capaz de entenderlo. Valeria es mucho más grande (en todos los sentidos) que Eugenio. Pero su misma grandeza le impide demostrárselo. La muchacha, por decirlo de alguna manera, está atrapada en su propia inconmensurabilidad.

En este terreno, Calderón es lo definitivo. Ni Schopenhauer, ni Unamuno, ni Freud, ni Jung.

Calderón.

 

Hay algo maravilloso que le pasa a Eugenio cuando se pierde en la ciudad. Su pérdida en el espacio físico comporta una pérdida de la identidad, de los recuerdos. Y éste es otro de los temas principales de la novela: la identidad. Poco a poco, nuestro protagonista se va olvidando de la cara de su esposa, del olor de su hija… El narrador caracteriza el olvido y el recuerdo como prosopopeyas. Dice que «el olvido se aproxima, es una batalla sórdida en un mundo sin luz», que «el olvido está solo, no tiene ojos, ni orejas, ni nariz, sólo tiene una boca insaciable, sólo tiene dos manos y un cuerpo alargado, dividido en segmentos y, aunque avanza sin descanso, lo hace muy despacio». Y de los recuerdos, su contrario, dices que son como «polillas diminutas que despiertan en cualquier momento, que echan a volar, se introducen por nuestros oídos y se posan en nuestro corazón en el momento más inoportuno. Y ahí ponen sus huevos. Y sus huevos, minúsculos y de color gris, se quedan pegados a las paredes de nuestras arterias, y las humedecen, y las ayudan a no endurecerse, y en el momento menos pensado eclosionan y surge una larva diminuta que, ayudada por el flujo sanguíneo, sube hasta el cerebro». ¿Somos lo que recordamos, Antonio? Porque Eugenio quiere recordar, pero sabe que necesita olvidar para vivir plenamente su amor con Valeria.

Lo explicas muy bien, sobran mis palabras. Qué temibles insectos, los recuerdos. Necesitamos olvidar lo que somos para poder nacer de nuevo. Olvidos/recuerdos. Ahí está la batalla. Ahí está la argamasa de nuestra vida. Somos porque recordamos y no somos porque olvidamos. Pero tanto el recuerdo como el olvido son necesarios. Y esa paradoja hemos de aceptarla. Con todas sus consecuencias. (Aunque en el fondo no hay consecuencia alguna, claro está: lo cierto es que ya hemos llegado, y lo absurdo es que no sabemos que hemos llegado). Naturalmente que somos lo que recordamos. Pero el prodigio también consiste en que somos lo que necesitamos olvidar.

(¿Para volver a recuperarlo en algún día sin día y sin tiempo?).

Lo cierto es que el olvido es necesario para que algún día deje de serlo y recuperar lo olvidado.

Insisto en lo mismo: recuerdo y olvido se complementan. Y su cópula los trasciende.

 

Javier Cercas dice que en toda obra hay un tema superficial y un tema profundo. Hemos dicho que Anda despacio es muchas cosas, se abre a muchas líneas temáticas. ¿Cuál es, en tu opinión, el tema importante de tu novela? ¿De qué has querido hablar, realmente? ¿Surgió de una necesidad, de una obsesión…?

Surgió de un recuerdo personal y de una acumulación de lecturas. Surgió de forma involuntaria y sin saber por qué, como todo lo que merece ser vivido. Surgió de la necesidad de no creer en la gramática de la muerte.

Esa necesidad es el tema de mi novela.

 

Para terminar. Podemos concluir que Anda despacio es una novela llena de símbolos que forman parte del inconsciente colectivo. Es profundamente onírica. Desde la noche de los tiempos, desde China hasta Egipto, pasando por India y Mesopotamia, el ser humano se ha servido de sus sueños para crear, para hacer arte, para traer belleza al mundo, pero sobre todo para entenderse. La tradición literaria occidental está llena de ejemplos: en la Edad Media, tenemos Le roman de la rose; más adelante, La divina comedia. En el Renacimiento encontramos manifestaciones en San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús. También en Góngora, Quevedo, Calderón de la Barca, en Shakespeare y en Cervantes, que con su episodio La cueva de Montesinos en El Quijote revisa el mito clásico del Hades homérico y virgiliano, y precede la conejera de Alicia con Lewis Carroll. En el s. XIX, La oda a un ruiseñor, de Keats, nos fascina porque en ningún momento sabemos dónde estamos. O en el País de ensueño, E. A. Poe conduce al lector a un lugar «que yace, sublime, fuera del espacio y del tiempo». Gógol, Kafka… Y finalmente en el s. XX, Gabriel García Márquez, en Cien años de soledad, aborda la conceptualización de la realidad sirviéndose de la peste del insomnio que asola Macondo. La memoria se derrumba y seguida de ella, el lenguaje. Stanislaw Lem, Anna Starobinets, Amélie Nothomb, y hasta Stephen King… y tantos otros contemporáneos nuestros han explorado las raíces del mundo y las claves de nuestra existencia desde los sueños. ¿Son todos estos autores tus padrinos literarios? ¿Qué texto te ha marcado en tu vida y cuál recomendarías a los asistentes, sin ninguna duda?

Todos los autores que nombras (aunque con excepción de alguno) me han influido, sin duda. Y tantos más. Pero como padrinos literarios, en su estricto sentido, Cervantes, Kafka y Carroll. A ellos los recomiendo con todo el amor de mi corazón.